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Poemas de Jorge Ortega

Publicado: 2022-10-31



                                [Devoción por la piedra, 2011]



Primera llamada


Urge contar lo que sucede

no arriba en el lenguaje

y su costra de espuma


sino abajo, donde

la llama se doblega

o tiembla la raíz.


Urge invertir el cono

y denunciar su fondo,

atraer el clamor de las arenas

que la corriente submarina

ondula.


Respira y sumérgete.

Asciende y recupera lo que has visto

para alivio de quienes esperamos

en el espejo de la superficie.


Mucha tinta ha corrido

y seguimos en ascuas.


Alumbra un poco más tu circunstancia,

acerca la linterna a los abismos

para buscar la llave entre las rocas.






Año cero

Aún lo recuerdo. La cancha de baloncesto como un inmenso tablero de ágata bajo nuestros pies. El mediodía sin lastre, con su explosivo girasol en vilo. Y, al fondo, el pabellón de las aulas, la primaria. Había concluido el recreo y la quietud licuaba las voces asentando en los umbrales su delicada película. Era viernes. Comenzaba la Pascua. Y qué poco nos bastaba. Un balón, el sabor del chorizo después de un largo examen, la escarcha sobre el pasto, el granizado de ciruela, el fin de semana que se hendía ante nosotros como el acantilado al ave, fermentando su vértigo de nuevas emociones. Rudi sigue ahí, condenado a botar eternamente la pelota tras el mudo cristal de la reminiscencia. La imagen se mantiene intacta pero el destello aumenta. Sé que habrá un momento en que su intensidad acabe cegándome por completo. Sé que llegará ese instante.





El momento


Hemos sustituido la cortina

con papel albanene. Y sin quererlo

obtuvimos así la luz exacta,

la intensidad de luz que perseguimos

durante lustro y medio.


Intensidad de luz que entra descalza

en las paredes blancas de la sala,

en el diáfano aljibe

donde amortigua el sol,

donde hasta el sol se anula y cristaliza

en lombrices translúcidas.


Y no es la intensidad sino su modo,

el gesto de filtrarse al comedor,

aderezar la mesa,

encandilar las páginas de un libro

leído al mediodía.


El ángulo, la forma

en que redimensiona los objetos

ya dentro de la casa,

el viso con que alivia el azulejo

como un mantel de agua

de quietos resplandores.


Lástima que nos vamos, lástima que el espacio

no esté para nosotros a la vuelta

de recorrer el mundo.


El momento esperado

llega cuando partimos.






Rosa náutica


                             Si de la tierra venimos, la Tierra entera es mi país

                             y todos los mundos mis parientes son.

                                                                                   Abu-l-Salt de Denia


En un lugar visible

o invisible

                    a la fama

acopio estas palabras

                                         y

desde ahí

decreto un nuevo centro,

el fin provisional

de una errancia que nunca llega a colmo. No podría


jurar “aquí me quedo”;

        en todo caso

que hay un sitio propicio a la demora

cuyo manojo de signos vitales

es una brasa inmune

                                         que duerme sumergida

en el grisáceo humor

de la memoria.


Coral bajo el manglar de los latidos

donde reposa el ancla

de nuestra singladura,

la caja negra conteniendo el acta

de lo escuchado y visto

en puertos casi inciertos.


Sinuoso y abisal el filamento

que nos une al origen,

tan largo

                   que resiste

bordear los confines sin rasgarse.


Y por más que me vaya

                                            o pretenda alejarme

habrá un cuarto de hotel en que de pronto, así,

mientras contemple el techo, acostado en la cama,

regrese a medias el inútil salmo

de una edad perdida.








                              [Guía de forasteros, 2014]




Mecánica celeste


Al fondo

el mar,

el sobrio mar de fondo

que se nos desdibuja.


Entre robles y helechos

la espiral de roca no pulida,

las furtivas

                      y onduladas

terrazas del musgo.


La espuma de la hiedra

trepando por los troncos,

los vados de hojarasca

crujiendo bajo una pisada en falso.


Rampas. Escalones

pacientemente relamidos

por el inofensivo alud del vaho.


Y el final en dónde o para cuándo:

la cumbre se escabulle a la mirada,

antiguo mausoleo borrado por la selva

en una distracción.


A mayor esfuerzo, menor agotamiento,

mejor la nitidez de los confines

o pronta la llegada.


El poema se hace en el ascenso,

trata lo que tardamos

en procurar la cima

y descubrir ahí

lo perseguido en vano,

la veleidad del aire, el resbaloso pez de las alturas.







Huerto de Pitágoras


Me he asomado al ritual del colibrí

que se ha puesto a flotar, activo en la burbuja del sosiego,

con la velocidad de una milésima.


En cada uno de sus aleteos

caben las rotaciones de la luz

y el tañido remoto de la lira

en la mansión de Alcínoo;


los viajes del reflejo en la piscina

y las íntimas músicas del día

en los infranqueables

pasillos de la hierba, lo que elucubras y percibes

sin levantar un dedo.


Qué podría añadir yo a su destreza

sino estas apostillas, a manera de elogio,

a lo que habla por sí con el hecho de ser.


Afuera arde la épica de la sobrevivencia,

marchan las muchedumbres, discurren los inventos

y el devenir se gesta con tambores.


Lejos de sucumbir a la premura

me demoro estudiando el picaflor, cuya vivacidad

baraja los enigmas, lubrica los ensambles

de toda la galaxia.







Margen del frío


Voy por la intemperie tocando puertas,

haciendo sonar las aldabas.

Llevo en la mano una llave para rasgar el vidrio

o despertar al muerto por la espalda,

un astil de amatista para escribir una súplica.

Voy por la orilla a penas, o apenas por la orilla, por el borde

de afuera,

sobre una cinta esbelta

circuida de vértigo.


Pregunto por lo que hay detrás del muro,

el resplandor lunar no a todos revelado,

la ansiada kriptonita

que podría sanar al canceroso,

el diamante de sal cuya pureza

encandila al ciego

y le devuelve la vista.


En el hueco estelar vibra la noche

y acá abajo el latido

de los presentimientos

toca el tambor de un aire que está casi a punto

de contar un secreto.


Pero algo se inmiscuye.

El grosor del oxígeno pudriendo la ballesta de una causa,

un ensamble de ruidos callejeros ahuyentando al gato ineludible,

la espada luminosa de unos faros

hundida en las entrañas del follaje.


Y continúo mi camino

de lado, por un lado,

en la delgada acera de la credulidad,

en la zona minada de falsas conjeturas

donde la oscuridad se magnifica

y en algún sitio deben conspirar

las migas del hallazgo.







México: vista aérea

El desierto es una página. No la hoja en blanco, impecable, como el terso papel bond que atesoran en potencia las pobladas ramas del nogal, paraíso de la celulosa. Más bien una cuartilla envejecida, amarillenta y plagada de numerosos declives, patas de gallo, arrugas longilíneas y que si se la escudriña a través de una lupa podrá exhibir, dejar al descubierto su enjambre de microscópicas irrigaciones. Drenes, canales, depresiones, amagos de abruptos cambios de relieve; montículos, pirámides truncadas; mastabas; simulación de menudas cordilleras que esconden un camino de terracería, la osamenta de un riachuelo seco que conduce al horizonte, la posibilidad de otra vida.

       Y así vas descosiendo el territorio, jalando con la mirada el hilo de una promesa que parece no tener fin y que, por lo mismo, nunca llegará a cumplirse.






A modo de poética


Una imagen

primero. Luego

sin pensarlo mucho

ir amasando en la lengua

una pulpa de voces apagadas,

una música amorfa

que semeja

vertebrarse

al compás de los pasos.

Madura en ti la hidra,

se dilata y contrae,

mitiga en la faringe

sus cencerros linfáticos,

enreda sus tendones

allá dentro,

en la sinuosidad del entresijo.

Asoma por la valla de los dientes

a los abismos del aire, pero

no consigue frisar la superficie, y

minimizando

su pegajoso

cascabel de grafemas

retorna una vez más por donde vino

hasta

vaporizarse.







Bosque de niebla


Desescribir. Podar la enredadera de esta línea

hasta recuperar la no-palabra,

hasta volver a lo blanco

para decir el bosque

con otro balbuceo.


Para nombrar sin reiterar sus dones

o tener que acabar de enumerarlos

uno a

uno

antes que la tormenta nos sorprenda.


Como si el lenguaje,

como si la escritura nos bastara

para impedir que el agua.


Para identificar las aves por su timbre

al parlotear temprano, camufladas

entre las frondas húmedas,

o la vegetación

de golpe

a simple vista

por el fino recorte de su corola abierta.


Andamos sobrados de elocuencia

o faltos de saber.


Cómo decir lo verde

y no hacer que germine en una frase.


La magnitud del bosque

anida en la renuncia a proclamarlo.








                               [Luce sotto le pietre, 2020]




Sobremesa

No retire de nuestra vista, señor camarero, los despojos del combate, objetos cuya distribución pone a raya la estructura del cosmos. Los platos salpicados de migajas, la tetera vacía, el cuenco de mostaza. Ellos le dan sentido a la palabra más allá del apéndice de la despedida, cuando el poniente claudica en los dinteles y el ocaso eclipsa una cita a la que nadie acudirá. Hemos llegado al mundo para ver arder la cornamenta del día. Su nimbo persiste en las pupilas a fin de iluminar el íntimo holocausto de la oblea en el tablero de las debilidades. El rastro del consumo encamina al banquete de las cenizas, esa provincia sin banderas en la que los senderos se intersectan antes de arañar el cielo. Oh frescura perenne, cima de la jornada donde la concordia de los convidados encarna un rapto de plenitud, un viso de perpetuidad. Cualquier pacto es posible. El apetito fue allanado y resta sólo desasirse y que la próxima y la próxima botella dispensen su rezagada gota de convencimiento. Nadie partirá pensoso o cabizbajo. Tampoco a la caza de la luna o afinando el tímpano para consultar entre las antenas y los edificios el desvaído vaticinio de las nubes. Las viandas han borrado la cauda del deseo y dejan sobre la plazuela del mantel los mojones de una inmemorial travesía: polvo de azúcar y pimienta, sobras, partículas, boronas; cáscaras miliares que invocan un origen y nos guían al pórtico de otro comienzo.







Fondo de inversión


Lo que no eres

te sostiene,


te abastece

lo que no tienes.


Sucumbes al camino

para que te acribille el resplandor

con su intangible espada

o se instale en ti

liberando adentro, en los ganglios,

su pátina de oro.


Espectador de un mundo que no te pertenece,

te montas en la sábana del viento

para sobrevivir a la fortuna

o esquivar el volcán de una epidemia,

riegas con el hisopo del chubasco

la avidez de tus pasos, compulsas las membranas de la vida

en un puño de arena escurridiza, aluzas el trayecto

con la rosa de lumbre del homínido.


Acumulando nada, nada

pierdes.


Hay una dote intacta en el furtivo

emporio de los elementos.


El horizonte es un cáliz de vacío

donde la eternidad destila su promesa.









Jorge Ortega (Mexicali, 1972) es poeta y ensayista mexicano. Doctor en Filología Hispánica por la Universidad Autónoma de Barcelona, donde obtuvo la nota de Sobresaliente Cum Laude con una tesis sobre el poeta venezolano vinculado al surrealismo Juan Sánchez Peláez. Ha publicado una veintena de libros de poesía en México, Argentina, España, Estados Unidos, Canadá e Italia, entre los que destacan Ajedrez de polvo (tsé-tsé, Buenos Aires, 2003), Estado del tiempo (Hiperión, Madrid, 2005), Devoción por la piedra (Mantis, Guadalajara, 2011 y 2016) y Guía de forasteros (Bonobos, Ciudad de México, 2014). Su trabajo poético ha sido traducido al inglés, chino, alemán, portugués, francés e italiano, y forma parte de múltiples compilaciones de poesía mexicana contemporánea. Igualmente, ha colaborado con poemas, reseñas y textos de crítica sobre poesía en diversos medios culturales de Hispanoamérica, tales como Buenos Aires Poetry, Letras Libres, Nexos, Periódico de Poesía, Quimera y Revista de Occidente, y otros espacios del mundo anglosajón: Bulletin of Hispanic Studies, St. Petersburg Review, Structo, The Bitter Oleander, The Black Herald, Poetry International, Latin American Literature Today, International Poetry Review y World Literature Today Asimismo, ha participado en festivales de poesía y congresos de literatura en variadas localidades de América, Europa y Asia, y se ha desempeñado como Profesor Visitante en universidades de California. Entre otros reconocimientos, ha obtenido el Premio Estatal de Literatura de Baja California en 2000 y 2004 en los géneros de poesía y ensayo, respectivamente; el Premio Nacional de Poesía Tijuana en 2001; el Premio Internacional de Poesía Jaime Sabines en 2010; y, recientemente, mereció el Premio Nacional de Literatura Gilberto Owen 2022 en la categoría de poesía con la obra Hotel del Universo. Su título más actual es la antología poética bilingüe español-italiano Luce sotto le pietre, que apareció el verano de 2020 en Roma, Italia, bajo el sello de Edizioni Fili d´Aquilone. En octubre de 2022 se cumplieron 30 años de la publicación de su primer libro, Crepitaciones de junio, cuya evocación conmemora ahora tres décadas de labor escritural ininterrumpida. Ingresó en 2007 al Sistema Nacional de Creadores de Arte de México.


Escrito por

Willy Gómez Migliaro

Willy Gómez Migliaro (Lima, 1968) Poeta, profesor de literatura y escritura creativa, asesor literario y corrector de estilo.


Publicado en

Poesía

Poesía en lengua española