Poemas de Jorge Ortega
[Devoción por la piedra, 2011]
Primera llamada
Urge contar lo que sucede
no arriba en el lenguaje
y su costra de espuma
sino abajo, donde
la llama se doblega
o tiembla la raíz.
Urge invertir el cono
y denunciar su fondo,
atraer el clamor de las arenas
que la corriente submarina
ondula.
Respira y sumérgete.
Asciende y recupera lo que has visto
para alivio de quienes esperamos
en el espejo de la superficie.
Mucha tinta ha corrido
y seguimos en ascuas.
Alumbra un poco más tu circunstancia,
acerca la linterna a los abismos
para buscar la llave entre las rocas.
Año cero
Aún lo recuerdo. La cancha de baloncesto como un inmenso tablero de ágata bajo nuestros pies. El mediodía sin lastre, con su explosivo girasol en vilo. Y, al fondo, el pabellón de las aulas, la primaria. Había concluido el recreo y la quietud licuaba las voces asentando en los umbrales su delicada película. Era viernes. Comenzaba la Pascua. Y qué poco nos bastaba. Un balón, el sabor del chorizo después de un largo examen, la escarcha sobre el pasto, el granizado de ciruela, el fin de semana que se hendía ante nosotros como el acantilado al ave, fermentando su vértigo de nuevas emociones. Rudi sigue ahí, condenado a botar eternamente la pelota tras el mudo cristal de la reminiscencia. La imagen se mantiene intacta pero el destello aumenta. Sé que habrá un momento en que su intensidad acabe cegándome por completo. Sé que llegará ese instante.
El momento
Hemos sustituido la cortina
con papel albanene. Y sin quererlo
obtuvimos así la luz exacta,
la intensidad de luz que perseguimos
durante lustro y medio.
Intensidad de luz que entra descalza
en las paredes blancas de la sala,
en el diáfano aljibe
donde amortigua el sol,
donde hasta el sol se anula y cristaliza
en lombrices translúcidas.
Y no es la intensidad sino su modo,
el gesto de filtrarse al comedor,
aderezar la mesa,
encandilar las páginas de un libro
leído al mediodía.
El ángulo, la forma
en que redimensiona los objetos
ya dentro de la casa,
el viso con que alivia el azulejo
como un mantel de agua
de quietos resplandores.
Lástima que nos vamos, lástima que el espacio
no esté para nosotros a la vuelta
de recorrer el mundo.
El momento esperado
llega cuando partimos.
Rosa náutica
Si de la tierra venimos, la Tierra entera es mi país
y todos los mundos mis parientes son.
Abu-l-Salt de Denia
En un lugar visible
o invisible
a la fama
acopio estas palabras
y
desde ahí
decreto un nuevo centro,
el fin provisional
de una errancia que nunca llega a colmo. No podría
jurar “aquí me quedo”;
sé
en todo caso
que hay un sitio propicio a la demora
cuyo manojo de signos vitales
es una brasa inmune
que duerme sumergida
en el grisáceo humor
de la memoria.
Coral bajo el manglar de los latidos
donde reposa el ancla
de nuestra singladura,
la caja negra conteniendo el acta
de lo escuchado y visto
en puertos casi inciertos.
Sinuoso y abisal el filamento
que nos une al origen,
tan largo
que resiste
bordear los confines sin rasgarse.
Y por más que me vaya
o pretenda alejarme
habrá un cuarto de hotel en que de pronto, así,
mientras contemple el techo, acostado en la cama,
regrese a medias el inútil salmo
de una edad perdida.
[Guía de forasteros, 2014]
Mecánica celeste
Al fondo
el mar,
el sobrio mar de fondo
que se nos desdibuja.
Entre robles y helechos
la espiral de roca no pulida,
las furtivas
y onduladas
terrazas del musgo.
La espuma de la hiedra
trepando por los troncos,
los vados de hojarasca
crujiendo bajo una pisada en falso.
Rampas. Escalones
pacientemente relamidos
por el inofensivo alud del vaho.
Y el final en dónde o para cuándo:
la cumbre se escabulle a la mirada,
antiguo mausoleo borrado por la selva
en una distracción.
A mayor esfuerzo, menor agotamiento,
mejor la nitidez de los confines
o pronta la llegada.
El poema se hace en el ascenso,
trata lo que tardamos
en procurar la cima
y descubrir ahí
lo perseguido en vano,
la veleidad del aire, el resbaloso pez de las alturas.
Huerto de Pitágoras
Me he asomado al ritual del colibrí
que se ha puesto a flotar, activo en la burbuja del sosiego,
con la velocidad de una milésima.
En cada uno de sus aleteos
caben las rotaciones de la luz
y el tañido remoto de la lira
en la mansión de Alcínoo;
los viajes del reflejo en la piscina
y las íntimas músicas del día
en los infranqueables
pasillos de la hierba, lo que elucubras y percibes
sin levantar un dedo.
Qué podría añadir yo a su destreza
sino estas apostillas, a manera de elogio,
a lo que habla por sí con el hecho de ser.
Afuera arde la épica de la sobrevivencia,
marchan las muchedumbres, discurren los inventos
y el devenir se gesta con tambores.
Lejos de sucumbir a la premura
me demoro estudiando el picaflor, cuya vivacidad
baraja los enigmas, lubrica los ensambles
de toda la galaxia.
Margen del frío
Voy por la intemperie tocando puertas,
haciendo sonar las aldabas.
Llevo en la mano una llave para rasgar el vidrio
o despertar al muerto por la espalda,
un astil de amatista para escribir una súplica.
Voy por la orilla a penas, o apenas por la orilla, por el borde
de afuera,
sobre una cinta esbelta
circuida de vértigo.
Pregunto por lo que hay detrás del muro,
el resplandor lunar no a todos revelado,
la ansiada kriptonita
que podría sanar al canceroso,
el diamante de sal cuya pureza
encandila al ciego
y le devuelve la vista.
En el hueco estelar vibra la noche
y acá abajo el latido
de los presentimientos
toca el tambor de un aire que está casi a punto
de contar un secreto.
Pero algo se inmiscuye.
El grosor del oxígeno pudriendo la ballesta de una causa,
un ensamble de ruidos callejeros ahuyentando al gato ineludible,
la espada luminosa de unos faros
hundida en las entrañas del follaje.
Y continúo mi camino
de lado, por un lado,
en la delgada acera de la credulidad,
en la zona minada de falsas conjeturas
donde la oscuridad se magnifica
y en algún sitio deben conspirar
las migas del hallazgo.
México: vista aérea
El desierto es una página. No la hoja en blanco, impecable, como el terso papel bond que atesoran en potencia las pobladas ramas del nogal, paraíso de la celulosa. Más bien una cuartilla envejecida, amarillenta y plagada de numerosos declives, patas de gallo, arrugas longilíneas y que si se la escudriña a través de una lupa podrá exhibir, dejar al descubierto su enjambre de microscópicas irrigaciones. Drenes, canales, depresiones, amagos de abruptos cambios de relieve; montículos, pirámides truncadas; mastabas; simulación de menudas cordilleras que esconden un camino de terracería, la osamenta de un riachuelo seco que conduce al horizonte, la posibilidad de otra vida.
Y así vas descosiendo el territorio, jalando con la mirada el hilo de una promesa que parece no tener fin y que, por lo mismo, nunca llegará a cumplirse.
A modo de poética
Una imagen
primero. Luego
sin pensarlo mucho
ir amasando en la lengua
una pulpa de voces apagadas,
una música amorfa
que semeja
vertebrarse
al compás de los pasos.
Madura en ti la hidra,
se dilata y contrae,
mitiga en la faringe
sus cencerros linfáticos,
enreda sus tendones
allá dentro,
en la sinuosidad del entresijo.
Asoma por la valla de los dientes
a los abismos del aire, pero
no consigue frisar la superficie, y
minimizando
su pegajoso
cascabel de grafemas
retorna una vez más por donde vino
hasta
vaporizarse.
Bosque de niebla
Desescribir. Podar la enredadera de esta línea
hasta recuperar la no-palabra,
hasta volver a lo blanco
para decir el bosque
con otro balbuceo.
Para nombrar sin reiterar sus dones
o tener que acabar de enumerarlos
uno a
uno
antes que la tormenta nos sorprenda.
Como si el lenguaje,
como si la escritura nos bastara
para impedir que el agua.
Para identificar las aves por su timbre
al parlotear temprano, camufladas
entre las frondas húmedas,
o la vegetación
de golpe
a simple vista
por el fino recorte de su corola abierta.
Andamos sobrados de elocuencia
o faltos de saber.
Cómo decir lo verde
y no hacer que germine en una frase.
La magnitud del bosque
anida en la renuncia a proclamarlo.
[Luce sotto le pietre, 2020]
Sobremesa
No retire de nuestra vista, señor camarero, los despojos del combate, objetos cuya distribución pone a raya la estructura del cosmos. Los platos salpicados de migajas, la tetera vacía, el cuenco de mostaza. Ellos le dan sentido a la palabra más allá del apéndice de la despedida, cuando el poniente claudica en los dinteles y el ocaso eclipsa una cita a la que nadie acudirá. Hemos llegado al mundo para ver arder la cornamenta del día. Su nimbo persiste en las pupilas a fin de iluminar el íntimo holocausto de la oblea en el tablero de las debilidades. El rastro del consumo encamina al banquete de las cenizas, esa provincia sin banderas en la que los senderos se intersectan antes de arañar el cielo. Oh frescura perenne, cima de la jornada donde la concordia de los convidados encarna un rapto de plenitud, un viso de perpetuidad. Cualquier pacto es posible. El apetito fue allanado y resta sólo desasirse y que la próxima y la próxima botella dispensen su rezagada gota de convencimiento. Nadie partirá pensoso o cabizbajo. Tampoco a la caza de la luna o afinando el tímpano para consultar entre las antenas y los edificios el desvaído vaticinio de las nubes. Las viandas han borrado la cauda del deseo y dejan sobre la plazuela del mantel los mojones de una inmemorial travesía: polvo de azúcar y pimienta, sobras, partículas, boronas; cáscaras miliares que invocan un origen y nos guían al pórtico de otro comienzo.
Fondo de inversión
Lo que no eres
te sostiene,
te abastece
lo que no tienes.
Sucumbes al camino
para que te acribille el resplandor
con su intangible espada
o se instale en ti
liberando adentro, en los ganglios,
su pátina de oro.
Espectador de un mundo que no te pertenece,
te montas en la sábana del viento
para sobrevivir a la fortuna
o esquivar el volcán de una epidemia,
riegas con el hisopo del chubasco
la avidez de tus pasos, compulsas las membranas de la vida
en un puño de arena escurridiza, aluzas el trayecto
con la rosa de lumbre del homínido.
Acumulando nada, nada
pierdes.
Hay una dote intacta en el furtivo
emporio de los elementos.
El horizonte es un cáliz de vacío
donde la eternidad destila su promesa.
Jorge Ortega (Mexicali, 1972) es poeta y ensayista mexicano. Doctor en Filología Hispánica por la Universidad Autónoma de Barcelona, donde obtuvo la nota de Sobresaliente Cum Laude con una tesis sobre el poeta venezolano vinculado al surrealismo Juan Sánchez Peláez. Ha publicado una veintena de libros de poesía en México, Argentina, España, Estados Unidos, Canadá e Italia, entre los que destacan Ajedrez de polvo (tsé-tsé, Buenos Aires, 2003), Estado del tiempo (Hiperión, Madrid, 2005), Devoción por la piedra (Mantis, Guadalajara, 2011 y 2016) y Guía de forasteros (Bonobos, Ciudad de México, 2014). Su trabajo poético ha sido traducido al inglés, chino, alemán, portugués, francés e italiano, y forma parte de múltiples compilaciones de poesía mexicana contemporánea. Igualmente, ha colaborado con poemas, reseñas y textos de crítica sobre poesía en diversos medios culturales de Hispanoamérica, tales como Buenos Aires Poetry, Letras Libres, Nexos, Periódico de Poesía, Quimera y Revista de Occidente, y otros espacios del mundo anglosajón: Bulletin of Hispanic Studies, St. Petersburg Review, Structo, The Bitter Oleander, The Black Herald, Poetry International, Latin American Literature Today, International Poetry Review y World Literature Today Asimismo, ha participado en festivales de poesía y congresos de literatura en variadas localidades de América, Europa y Asia, y se ha desempeñado como Profesor Visitante en universidades de California. Entre otros reconocimientos, ha obtenido el Premio Estatal de Literatura de Baja California en 2000 y 2004 en los géneros de poesía y ensayo, respectivamente; el Premio Nacional de Poesía Tijuana en 2001; el Premio Internacional de Poesía Jaime Sabines en 2010; y, recientemente, mereció el Premio Nacional de Literatura Gilberto Owen 2022 en la categoría de poesía con la obra Hotel del Universo. Su título más actual es la antología poética bilingüe español-italiano Luce sotto le pietre, que apareció el verano de 2020 en Roma, Italia, bajo el sello de Edizioni Fili d´Aquilone. En octubre de 2022 se cumplieron 30 años de la publicación de su primer libro, Crepitaciones de junio, cuya evocación conmemora ahora tres décadas de labor escritural ininterrumpida. Ingresó en 2007 al Sistema Nacional de Creadores de Arte de México.